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Cuento. “YO, TAMBIEN QUISE ASESINAR A UN TAXISTA”





“YO, TAMBIEN QUISE ASESINAR A UN TAXISTA”
Por fin un estruendo, un fogonazo iluminó el interior del coche. Sus sesos se estamparon en el habitáculo, sus sangre, sus pedazos de cráneo se incrustaron por todas partes. Mi mano con el arma, estaba empapado de. su interior, su masa encefálica tenia un leve olor a moho. Para mi desgracia, el dolor, el odio, no desapareció, la venganza no era la solución a mi problema, solo había empeorado. Ahora era un asesino, y seguía siendo paralítico, ahora había dos vidas destrozadas. Me quede quieto, inmóvil, no podía moverme ¿Qué he hecho?, la venganza no es dulce. Al llegar la autoridad, me detuvieron como autor de un asesinato a sangre fría, era un monstruo. Lo peor fue que cuando me sacaron del vehículo, vi al taxista delante de mi, el mundo se me vino abajo, le mire. Él me miró con rabia y desesperanza. Las dos miradas se entrelazaron, autor y victima. El policía que me detuvo, me informó que había matado a su hermano…
Tras un año en el hospital me dieron el alta, mi vida acababa de cambiar para siempre, además de mi mal carácter, producto de un año de hospital, me regalaron una silla de ruedas. El resultado es mi parálisis de piernas para abajo. El médico era optimista, lo normal hubiera sido el fallecimiento o en su defecto, el estado vegetativo, pero gracias a las manos del cirujano, podría ir en una bonita silla de ruedas. Ahora la vida se me cayó encima, el sopetón fue terrible, aquí, en este momento, entre el odio y la venganza, tome la decisión más importante de mi vida. Cómo lo haría era una incógnita, no sabía quién era, no sabía dónde vivía, y estando en una cárcel de ruedas, ¿Cómo lo podría hacer? En verdad me daba lo mismo, toda mi vida giraba en torno a la venganza. El psicólogo del hospital me alentaba, me decía que la vida me estaba dando una segunda oportunidad, - sin piernas puedes hacer muchas cosas. En mi interior el fuego ganaba terreno, cada sesión de rehabilitación era una lucha contra esa lumbre que me devoraba las entrañas. En el averno tendría un lugar después de ejecutar mi venganza. Satanás me estaba abriendo su reino de par en par, y cosas del destino, gracias al odio, a la venganza, mi cuerpo empezó a mejorar. Poco a poco mi cuerpo se fortalecía, menos las consabidas piernas. El resto de músculos iban tomando un tono, una fuerza que nunca creí tener.
Una noche de madrugada, paseaba por la calle en busca del fresco, el verano asfixiaba, y sólo a altas horas de la madrugada, la brisa se adueñaba de las calles. Paseaba sumergido en mis pensamientos, mis quehaceres se me venían al subconsciente en busca de respuestas, todas las tareas sin hacer, buscaban una respuesta, y con el rocío del amanecer parecía encontrar soluciones. Tras media hora de agradable paseo, al girar un calle de las principales, una vez esperaba que el muñeco rojo se trasformara a verde para reiniciar el paseo, sucedió. Un Taxi desbocado calle arriba, desobedeció al juego de luces, no le vi venir, no le vi pasar, en un segundo mi cuerpo yacía esparramado en la calzada. El terror invadió mi cabeza. Oía voces, gritos, los transeúntes se agolpaban a mi alrededor, chillaban, aullaban, empecé a escuchar sirenas, puede que tras quince minutos, mi cuerpo quedo inmóvil, no sentía ni uno solo de mis músculos, el atropello, posiblemente por el terrible golpe, había afectado a mi columna.
Para mi desconcierto no sentía miedo, oía todo, estaba vivo , pensé que en unas semana estaría perfecto, seguramente el golpe brutal paró mi maquinaria, nada que con reposo no se pudiera arreglar. Tras las sirenas, los sanitarios, la policía me intentaba hablar, vi sus caras de pánico, temían por mi vida, yo intente comunicarme con ellos, pero aquí empezó la verdadera desgracia, no podía hablar. Con todas mis fuerzas empecé a gritar, a intentar moverme a chillar, todo era inútil ¿Estaba muerto?. Me desmayé, cuando recobré la conciencia estaba en la cama de algún hospital, al abrir los ojos estaba rodeado de familiares, todos me hablaban, pero la cabeza me dolía a rabiar, creí que me estallaba, cerré los ojos y volví a un duérmemela, que rallaba entre lo onírico y lo irreal. Después me entere que estuve al filo de las vida y la muerte durante tres meses, se temía por mi vida, en teoría debería haber visto el túnel, mi vida pasar, pero nada de eso paso ante mis ojos.
El juicio por el accidente, tuvo lugar a los dos años del mismo. La primera vez que vi a mi verdugo, recordé todo lo pasado, pero el calor de la venganza me calmaba, le veía y sentía indiferencia. Sólo su sufrimiento podrá acabar con el incendio de mi alma. El juicio fue decepcionante, tras reconocer los hechos, el jurado tuvo a bien su arrepentimiento, sus ganas de cambiar lo sucedido, sus tareas sociales para redimir la culpa. Al final no salió muy mal parado, una multa y un año y diez meses de cárcel, que al no tener antecedentes no ingresaría en prisión. El montante económico de la multa era grande, pero el imputado se declaro en quiebra, pues el vehículo no era suyo y la licencia del taxi era de su jefe. Total que aquel cabrón saldrá impune, y yo seguiré atrapado en esta celda de metal y goma. Los medios de comunicación se hicieron eco del caso, hubo debates en los medios escritos, tertulias en radio y televisión, pedían penas mas severas para estos casos, para mí, en realidad me daba lo mismo, mejor que no ingresara en prisión, así mi venganza seria mas fácil de ejecutar. Gracias a un periodista conocí la dirección de mi objetivo. Que había dejado la bebida, que ayudaba en una ONG, ayudando a personas que habían pasado por una situación parecida a la suya. El arrepentimiento, la culpa, la pena, le estaban ayudando a pasar el duro trance. Me enteré que hacía el turno de noche los fines de semana. Me enteré de su ruta, me hice con un arma ilegal en el mercado negro por Internet, (la verdad, fue caro y difícil). Todo el plan estaba urdido, el sábado de madrugada pedí un taxi. Espere a que el estuviera solo en la parada. Una vez me recogió, le indiqué el destino. Un descampado a las afueras de la ciudad, la sangre bullía por mis venas, empuñe el arma, el fuego volvió a apoderarse de mi persona, el rencor acentuaba mi rostro, los ojos llenos de ira, la voz denotaba rabia, por fin la venganza estaba a punto de finalizar. Él de espaldas, por fin desenfundé el arma y apunté a su sien. El taxista se quedó blanco, al llegar al destino, me miró y se puso a llorar
Cállate hijo de puta.
Ignacio Rodríguez.

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